El caminante avanzo con cautela y su corazón se estremeció cuando reconoció a su amada. Sintió el deseo de correr y gritar, pero se detuvo, al enterarse del disfraz. Su estado emocional estaba por explotar de fervor. Estaba inquieto, su corazón palpitaba con más fuerza y rapidez. No hallaba qué hacer del alborozo. Trató de calmarse, para hacer bien las cosas. Se hizo a la orilla de un muro, cuidadosamente, se quitó el disfraz de la cara y se preparó para el encuentro. Cuando terminó de arreglarse, caminó lentamente, pero con paso firme para encontrarse con su doncella.
–¡Oh, amada mía! Que desvela mi ensueño. Si estoy soñando, no quiero despertar, y si estoy despierto, no quiero ser interrumpido, para contemplar tu belleza y hermosura.
Antonella quiso gritar a todo pulmón de la emoción, pero se contuvo, para no despertar a sus tíos. Tuvo la intención de lanzarse del porche y caer en brazos de su príncipe. Alcanzó un clavel y lo lanzó, mientras decía:
–Al canto de los gallos, desperté y me arregle para recibir a mí amado sin saber. Recíbeme en tus brazos, porque Dios te ha enviado para consolarme y refugiarme. Porque eres para mí como la esperanza que refleja la aurora al amanecer, como el trineo de los pájaros madrugador que saludan al Creador, como el aire fresco que se respira por la mañana, que inspira y da reposo, como el sol del amanecer, que acaricia la piel con suavidad y da placer.
–Gracias, amada mía. Tus palabras me alientan y alivian mis penas. Dios ha coronado mi peregrinaje, al encontrarte, y te ha puesto en mi camino, para que estemos juntos. Porque Él te ha puesto en mi vida, como la luna que resplandece a la media noche igual que el sol, como el relámpago que ilumina el sendero de la soledad y como la estrella del alba, que con su bello destello coquetea con el sol del amanecer.
De la manera más dramática; Anthony y Antonella se unen para siempre
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